El Valle de Sogamoso le dijo adiós a la contaminación del aire

Hasta hace dos años el cielo del valle de Sogamoso, en Boyacá, convivía con una neblina permanente. Todos los días estaba allí, instalada sobre la planicie y las montañas que lo rodean. Pero esos nubarrones blancos no eran neblina sino la contaminación producida por los 600 hornos tradicionales de ladrillo y cal que estaban en los municipios de Sogamoso y Nobsa.  Hoy el cielo está despejado.

El valle de Sogamoso estaba cubierto por una espesa niebla, consecuencia de la contaminación. La vista hoy es despejada gracias a una drástica reducción del material particulado en el aire.

“De acuerdo con los estudios, los hornos artesanales de producción de ladrillo y teja generaban el 56 por ciento de la contaminación en el valle de Sogamoso”, explica José Ricardo López, director de la Corporación Autónoma Regional de Boyacá, Corpoboyacá. Pero eso no es todo. Según él, hasta 2014 las mediciones de la concentración de material particulado en el aire en esa región registraban 62 microgramos/metro cúbico, cuando no pueden sobrepasar los 50. Lo peor es que así estuvo el aire durante décadas.

Los efectos de esta contaminación se hacían evidentes en las cifras. Un estudio de la Universidad de la Salle indicaba que las enfermedades respiratorias agudas eran las principales causantes de morbilidad y mortalidad en Boyacá. Aparte de esto, en Nobsa los accidentes de tránsito causaban muchas muertes,  pues el humo de los hornos artesanales de cal de este municipio se convertía en una neblina que impedía la visión de conductores y peatones.

Ante esta problemática, Corpoboyacá planteó un proyecto denominado ‘Erradicación de las fuentes de emisiones contaminantes para los sectores artesanales de producción de ladrillo y cal’. “Hubo un acercamiento con los productores de ladrillo y cal. Se les habló con sinceridad y se les dijo que había normas que debían cumplir. La corporación tenía que tomar decisiones drásticas. Fueron seis meses de conversación y diagnóstico”, cuenta López. Y aunque al principio los alfareros y caleros se preocuparon por perder su única forma de sustento, el ejercicio de autoridad de Corpoboyacá resultó beneficioso para ellos y para todos los boyacenses.

La normativa exigía tres requisitos: los hornos de ladrillo y cal debían tener un sistema de conducción de gases; preferiblemente debían usar el coque como combustible y, por último, solo podían funcionar en lugares permitidos en el plan de ordenamiento territorial.

“En total había 400 hornos de arcilla (material con el que se hace el ladrillo) y 200 de cal en Nobsa y Sogamoso. A los dueños se les dio un plazo de seis meses para acogerse a la resolución. En ese tiempo hubo negociaciones y, al final, se les dio un tiempo más para que hicieran la conversión tecnológica”, explica Mauricio Rojas, coordinador de Calidad del Aire de Corpoboyacá.

De ese modo, desde 2015 cerca de 350 hornos tradicionales funcionan con filtros (parecidos a chimeneas)  y dejaron de usar carbón, al que reemplazaron por el coque. Otros dueños de hornos decidieron unirse y conformar empresas.

“Con el apoyo de la Gobernación de Boyacá logramos conseguir el dinero para comprarles los hornos a las personas que no tenían para invertir en nuevos sistemas. Se les pagó a cada uno 26 millones de pesos. Mensualmente, durante cuatro años, recibieron cuotas de 541.000 pesos”, cuenta Rojas.

Gracias a esto, las concentraciones de material particulado en el aire ahora están en 40 microgramos/metro cúbico, 10 puntos por debajo de lo que exige la norma. Además, la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero fue certificada por Icontec Internacional.

Es así como el valle de Sogamoso avanza hacia ser líder en el trabajo por disminuir las  emisiones de carbono en un 20 por ciento hasta 2030, tal como quiere el país para cumplir los acuerdos pactados en la XXI Conferencia de las Partes (COP21) sobre el Cambio Climático, celebrada en París en 2015.

Emprendimiento sostenible

El miedo a quedarse sin trabajo y sin ingresos para mantener a su esposa y a su único hijo, hizo que Rafael Antonio López Rodríguez, un alfarero de 43 años, emprendiera una nueva aventura en su vida: construir empresa en un año.

Cuando Corpoboyacá advirtió a los alfareros y caleros que no podían continuar con los hornos tradicionales, López sabía que tenía dos opciones: acabar con su herramienta de trabajo o montar una sociedad que cumpliera los requisitos que exigía la corporación para ayudar a descontaminar el valle de Sogamoso. “Nos dio mucho susto. Nosotros venimos de alfareros tradicionales, familias que trabajan en esto desde hace 150 o 200 años. Con esa orden tocaba cambiar la forma en que hacíamos las cosas”, explica Rafael Antonio.

350 hornos tradicionales dejaron de usar el carbón para apostarle al coque.

Después de un tiempo de negociaciones, los alfareros y caleros lograron llegar a un acuerdo con la corporación para que les diera un año para montar su empresa. En esos 12 meses, Rafael Antonio y 12 socios más constituyeron la empresa Inalversog.

Aunque el cambio no fue fácil, pues requirió de trabajo duro y un crédito, entre todos lograron dejar atrás sus hornos artesanales y compraron un gran horno tipo Hoffman que cumple la norma de emisiones.

Este dispositivo trabaja de forma continua pero las emisiones son mínimas. Según explicó Rafael Antonio, cada dos horas salen más de 1.000 o 1.500 unidades de productos a base de arcilla como ladrillos, adoquines, bloquelones, entre otros. Los procesos, sin duda, también se volvieron más eficientes.  Antes gastaban 10 toneladas de carbón para “quemar” 20.000 unidades, con esa misma cantidad ahora producen 80.000.

“Los cambios fueron muchos. En este momento hablamos de una empresa que vale 1.800 millones de pesos. Producimos de 400.000 a 500.000 unidades al mes cuando antes, por separado, cada uno producía máximo 20.000 unidades. Mientras antes cada uno vendía 5 millones de pesos, ahora, entre todos, podemos vender más de 150 millones de pesos mensuales”, cuenta.

Pero no solo los procesos se volvieron más eficientes. La sociedad Inalversog también creó más de 30 empleos directos y más de 500 indirectos. “Esto se siente muy bien, sobre todo porque el empleo generado es el de ley, con todas las prestaciones sociales que se deben pagar. Uno se siente bien porque los empleados son de la misma región. Además, el valle de Sogamoso se ve diferente, más limpio, más bonito”, expresa orgulloso Rafael Antonio.

Fuente: Revista Semana

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